lunes, 2 de abril de 2012



Me encantan las bibliotecas. Estanterías llenas de libros: cubiertas, encuadernaciones, diarios, guías, mapas, manuales, palabras, magia; esparcidos por todas partes, apretados, amontonados sin demasiado cuidado. Carritos chirriantes siendo empujados por los pasillos llenos de libros que esperan volver a sus hogares. El sonido de las páginas al ser pasadas, el olor de los libros viejos, ese esperanzador y anticipado sentimiento que te invade cuando posas tus dedos sobre un libro que nunca has leído, pero tanto has oído hablar. La biblioteca es un lugar en el que puedes pasar la tarde entera y salir con la sensación de que has estado viviendo otra vida en el margen de unas pocas horas. Palabras y tanto, tanto conocimiento escondido entre páginas que esperan pacientemente ser abiertas, nuevos mundos y revelaciones impresos meticulosamente en tinta negra sobre arrugadas y amarillentas hojas de papel, pensamientos, ideas y sentimientos, todos guardados apretadamente entre sus cubiertas.

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